• Después de Gabriel, mi vida volvió a tener su ritmo normal.
    No fue una ruptura que me dejara marcada; fue más bien una historia confusa que, con el tiempo, se fue aclarando sola.
    Yo estaba bien.
    Enfocada.
    Estable.
    Disfrutando mi rutina, mi trabajo, mi cuerpo, mis mañanas en el gimnasio.
    En un punto bonito de mi vida… sin buscar absolutamente nada.

    Y fue justamente ahí, en esa tranquilidad, cuando apareció Elías.

    No llegó desde afuera.
    No fue un mensaje, ni una aplicación, ni un plan.
    Simplemente estaba ahí.
    Entrenando.
    Coincidiendo.
    Un día lo vi, y al siguiente lo volví a ver…
    y así, poco a poco, sin ruido, sin intención, empezó esa chispa inesperada.

    No era algo profundo.
    Era ligero.
    Natural.
    Una energía que se sentía bonita, como cuando la vida te toca el hombro suavemente para decirte:
    “Aquí hay algo…”

    Y yo, que no estaba buscando a nadie, sentí esa vibración sutil que hacía tiempo no sentía.
    Esa curiosidad.
    Esa presencia.

    Pero había un detalle.
    Uno que yo no quise ver de inmediato, quizá porque estaba disfrutando la sensación de sorpresa.
    Él estaba separado… pero no divorciado.
    Esa información estaba ahí desde el principio, clara, honesta.
    Y aunque yo seguía tranquila, sin expectativas, sin proyectar nada, ese pequeño dato empezó a marcar una línea.

    Porque aunque todo era bonito, ligero y espontáneo…
    había una parte de mí que sabía que yo aún no estaba completamente preparada.
    Ni él tampoco.

    Esa chispa no se convirtió en un amor.
    Ni en una historia seria.
    Pero sí se convirtió en una señal.
    Una que me mostró que, aunque yo creía que estaba totalmente lista después de Gabriel,
    todavía tenía capas internas que no había tocado.

    No dolor, no drama…
    solo conciencia.

    Elías fue eso:
    un recordatorio suave de que el corazón también necesita orden, límites y espacio para sanar sin prisa.

    Y aunque no hubo nada profundo entre nosotros,
    hubo algo verdadero:
    la revelación de que mi camino emocional apenas estaba comenzando.

  • De la ausencia a mi voz 🦋

    Con Gabriel todo llegó a su final. No porque dejara de sentir, sino porque entendí que ya no podía seguir sosteniendo un amor que me partía en pedazos. Su ausencia, la distancia, los aeropuertos y, finalmente, su matrimonio… todo fue señal suficiente de que no había lugar para mí en esa historia.

    Y entonces pasó lo más importante: decidí soltar.
    Decidí dejar esa etapa que me mantenía atrapada en ilusiones y mitades. Fue doloroso, sí. Sentí que me arrancaba de raíz una parte de mi vida. Pero también descubrí que cada final guarda un regalo: el espacio vacío para empezar de nuevo.

    No fue fácil. El silencio después de él pesaba más que su ausencia. Los días se hicieron eternos, las noches me recordaban que ya no había mensajes ni vuelos que esperar. Pero en medio de esa soledad empecé a escucharme. A reconocer cuánto me había apagado, cuánto había cedido, cuánto me había olvidado de mí.

    Fue entonces cuando decidí dedicarme a mí.
    Me entregué a mi cuerpo, a mi mente, a mis emociones. Me regalé tiempo, cuidados y disciplina. Y un día, casi sin darme cuenta, me senté a escribir. Primero fueron pensamientos sueltos, luego recuerdos, hasta que entendí que tenía una historia que merecía ser contada.

    De ese proceso nació mi blog.
    Un espacio donde transformé el dolor en palabras, el silencio en voz, y mi ausencia en presencia.

    Dejarlo no fue perder: fue encontrarme.
    Y si hoy alguien me lee desde el mismo lugar donde yo estuve, solo quiero decirle: no tengas miedo de soltar. Porque en ese vacío que asusta, es donde de verdad comienza tu libertad.

  • Capítulo 11 – El comienzo de mi ausencia 🌑

    Lo más irónico fue cómo empezó todo. La chispa entre nosotros se encendió cuando yo todavía estaba casada y él era libre. Entonces parecía imposible, un deseo guardado en miradas, una ilusión que se escondía entre lo prohibido.

    Después la vida cambió los papeles. Cuando finalmente me divorcié y pensé que, tal vez, podía darle espacio a un nuevo comienzo, él ya no era el mismo. Había elegido otro camino, otra vida. Ahora era él quien estaba casado. Y así fue como nuestra historia se convirtió en un juego de aeropuertos, encuentros a medias, viajes que parecían robados al tiempo.

    Yo acepté esa situación, sin cuestionar, sin pedir más. Era como si me bastara con las sobras de lo que podía darme. Y en silencio me convencía de que eso era suficiente, de que también me complacían. Pero dentro de mí sabía que estaba cediendo una vez más, dejando que mi voz se apagara.

    La ilusión fue intensa, sí. Me hizo sentir viva, me devolvió las mariposas en el estómago. Pero también fue la primera vez que entendí —aunque no lo reconocí en aquel momento— que mi miedo a perder a alguien era más fuerte que mi deseo de ser fiel a lo que yo quería.

    Con Gabriel entendí —aunque lo ignoré en ese momento— que mi silencio tenía un precio. Callar por miedo, aceptar migajas, creer que la ilusión bastaba… todo eso me acompañó mucho más tiempo del que hubiera querido. Él fue solo el inicio de un patrón: amores a medias, voces apagadas, deseos guardados. Una ilusión que me mostró la verdad que tardé años en reconocer: no se puede construir amor si me abandono a mí misma.

  • Capítulo 10 – Soy libre, ¿y ahora qué?

    Despertar sola no fue un castigo, fue un regalo. Por primera vez en muchos años, abría los ojos y sentía que la vida era mía. El silencio de la casa ya no me asustaba; al contrario, me daba fuerza. Caminaba descalza por los pasillos, ponía música, cocinaba solo para mí… y en cada gesto cotidiano había un triunfo.

    Yo creía que ya lo había logrado. Que al decir adiós y quedarme sola, había vencido todos mis miedos. Me miraba al espejo y me repetía: “Lo lograste. Puedes con todo.” Y lo sentía real. Era como si me hubiera quitado cadenas invisibles y, por fin, pudiera respirar sin permiso.

    Pero la verdad es que esa libertad era apenas una ilusión. Hoy lo sé: lo que yo llamaba empoderamiento todavía tenía grietas. Porque aunque me sentía fuerte, todavía cargaba con dolores viejos, con preguntas sin respuesta y con vacíos que no sabía reconocer.

    En ese momento yo no lo entendía. Creía que ser independiente era suficiente. Que pagar mis cuentas sola, organizar mi tiempo a mi manera y llenar mis días con lo que yo quisiera era lo mismo que amarme. Pero no. La independencia no siempre significa amor propio.

    Lo digo ahora, desde la voz del presente: aquella mujer que celebraba su nueva vida todavía no sabía amar(se). Y fue esa falta de amor propio la que, más adelante, me llevó a equivocarme. Abrí puertas que no debía abrir y dejé entrar historias que aún me dolían por dentro.

    Lo único que sí descubrí entonces fue una nueva forma de hablarme: escribiendo. Después de tantos años de silencio en mi matrimonio, me encontré con mis propias palabras. Empecé a escribir para mí, y sin darme cuenta, empecé a escribir también para otros.

    Fue el inicio de algo que marcaría mi vida de una manera que en ese momento no podía imaginar.

  • La paz que tenía ahora no llegó de la noche a la mañana.
    Antes de aprender a vivir conmigo misma, tuve que tomar una de las decisiones más difíciles de mi vida. No fue un impulso, ni una reacción de enojo. Fue un proceso silencioso, lento, que me fue preparando para ese día en el que, por fin, supe que ya no podía seguir.

    Capítulo 9 – Cuando la costumbre no es amor🦋


    Yo tenía miedo de dejarlo.
    No era un miedo que se pudiera ver, pero vivía conmigo. No temía a la soledad, temía a la pregunta que me perseguía cada noche: ¿y si no puedo sola?
    Durante años me había acostumbrado a su presencia. No a su amor —porque eso hacía tiempo que se había apagado—, sino a esa rutina de escuchar sus pasos, compartir la mesa, sentir que había otra respiración en la casa. Era un ruido de fondo al que, sin querer, me había aferrado.

    Pero un día algo cambió. Me enteré de que estaba saliendo con otra mujer. No lo viví como un engaño, porque entre nosotros hacía tiempo que no había nada. No había caricias, no había conversaciones profundas, no había “nosotros”. Lo que me dolió no fue eso… fue la falta de consideración. Seguía viviendo bajo mi techo, usando mi espacio, y al mismo tiempo construyendo otra vida sin pensar que yo merecía claridad y respeto.

    No fue celos, no fue rabia. Fue como si encendieran la luz en una habitación que llevaba años en penumbra. Y en esa luz, vi lo que llevaba negando: que yo ya no quería estar ahí.

    Ese día, sin levantar la voz, le dije que era hora de irse. Y por primera vez, no dudé. No hubo lágrimas ni súplicas. Solo la certeza de que había llegado el momento.

    Los primeros días fueron extraños. El silencio de la casa era más intenso, pero también más limpio. Cada rincón me recordaba que había sido ocupado por su presencia, pero poco a poco empecé a llenarlo con la mía. Compré flores para la mesa. Cociné solo para mí. Abrí las ventanas y dejé que el aire nuevo barriera lo que quedaba.

    Mientras tanto, seguía siendo mamá. Mantenía la casa, cuidaba de mi hija, me aseguraba de que nada le faltara. El miedo era mío, la carga también… pero ella merecía una madre en paz.

    Pagué las cuentas sola. Organicé mi tiempo a mi manera. Descubrí que me gustaba vivir conmigo, y que la paz que sentía ahora no tenía precio.

    No me fui por egoísmo. Me fui por honestidad. Porque quedarme hubiera sido cómodo… pero irme fue valiente. Y hoy sé que puedo sola.
    Y que sola, también soy feliz.

  • Me Atreví sin miedo

    No lo pensé demasiado.
    Me ofrecieron un trabajo. Nuevo. Diferente. Reto.
    Y dije que sí.

    ¿Miedo? Claro.
    ¿Dudas? Todas.
    ¿Ganas? También.
    Pero esta vez, me atreví sin miedo.

    Ya no estaba en la versión de mí que dudaba de todo.
    No me escondí detrás del “déjame pensarlo”.
    No esperé a que todo estuviera perfecto.
    Esta vez, salté.

    El primer día me levanté antes de que sonara la alarma.
    Betto me miró desde su cama como diciendo: ¿Y esta energía?
    Me miré al espejo y me dije:
    “No tienes todo resuelto, pero tienes lo esencial: valor.”

    Ese trabajo traía algo más que un nuevo horario.
    Traía un salario que me daba seguridad, me devolvía la dignidad.
    Por primera vez en mucho tiempo, me sentí fuerte económicamente.
    No porque alguien me sostenía, sino porque yo estaba aprendiendo a sostenerme sola.

    Y no solo era por mí.
    Era por ella.
    Por mi hija.

    Tenía una hija que dependía de mí.
    Y aunque a veces el miedo me visitaba, no me podía permitir quedarme paralizada.
    Ella merecía ver a una madre que se levantaba.
    Una mujer que caía, sí, pero que seguía adelante.

    El trabajo era exigente.
    Todo era nuevo: las tareas, las personas, los códigos.
    Pero en medio del caos, estaba reencontrándome con partes de mí que había olvidado.
    La que resuelve.
    La que crea.
    La que brilla sin pedir permiso.

    A la hora del almuerzo, salí a respirar al estacionamiento.
    Cerré los ojos.
    Me vi a mí misma meses atrás, perdida, rota.
    Y ahora…
    Me vi ahí: viva, decidida, valiente.

    Ese día volví a casa cansada, pero diferente.
    Sabía que no era solo un empleo.
    Era un portal.
    Una señal.
    Un antes y un después.

    Me atreví sin miedo.
    Porque aunque muchas veces me temblaban las piernas,
    tenía algo más fuerte que el miedo:
    las ganas de vivir, de reconstruirme, de mostrarle a mi hija que sí se puede.

  • Capítulo 8: La noche que Tao me acompañó

    La puerta se cerró.
    Y por un instante, el silencio pareció más fuerte que nunca.
    No era solo la ausencia de su voz, de sus pasos, de su presencia.
    Era el eco de todo lo que alguna vez fuimos,
    desapareciendo sin hacer ruido.

    Esa noche no dormí.
    No porque dudara.
    No porque me arrepintiera.
    Sino porque el silencio era tan nuevo,
    tan absoluto,
    que me dolía hasta en los huesos.

    Lía dormía tranquila, abrazada a su peluche favorito.
    No sabía que su papá ya no iba a dormir más allí.
    O quizás sí lo sabía…
    los niños a veces sienten sin que nadie les diga nada.
    Y aunque quise protegerla de todo,
    esa noche entendí que no podía cargar con culpas que no me pertenecían.

    Los hijos no tienen la culpa de las decisiones de los padres.
    Tampoco deben cargar con matrimonios rotos solo por miedo a vernos caer.
    Elegí mostrarle a mi hija que el amor propio también es un acto de amor hacia ella.
    Que una mamá que se elige, le enseña a su hija a no quedarse donde ya no se siente vista.

    Esa noche, mientras caminaba en la oscuridad del pasillo,
    sentí que alguien me seguía.
    Era él.
    Tao.
    Mi perro.
    Mi compañero silencioso, leal.
    El único que no necesitaba palabras para entenderme.

    Se subió a la cama sin que yo lo llamara.
    Se acostó sobre mis piernas y me miró con esos ojos que saben todo sin decir nada.
    Y fue en ese momento, en ese abrazo peludo y cálido,
    que me permití llorar.

    No lloré por falta de amor.
    Lloré por la costumbre rota.
    Por la rutina que ya no iba a ser.
    Por la adoración que sabía que sería difícil soltar,
    aunque ya no me hacía bien.

    No fue un llanto de debilidad.
    Fue un llanto de cierre.
    De duelo.
    De entendimiento profundo:
    que se puede amar a alguien con el alma
    y aún así, tener que dejarlo ir.

    Tao no se movió.
    Se quedó allí, firme.
    Como diciendo:
    “Estoy aquí. No estás sola.”
    Y no, no lo estaba.

    Aunque el corazón temblara,
    esa noche empecé a entender que la soledad no siempre es castigo.
    A veces, es el primer paso hacia la libertad.

    El primer paso hacia mí.

    A veces, después de cerrar una puerta, lo que más duele no es lo que perdimos…
    sino lo que ya no va a volver a ser.
    Pero incluso ahí, en medio de la noche más larga,
    la vida siempre te pone al lado algo o alguien que te recuerda que no estás sola.❤️🐶

    ¿Quién o qué te sostuvo en tu primer momento de soledad?

  • 🌸 Capítulo 7: La mujer que se quedó atrás

    No sé cuándo dejé de verme en el espejo.
    No sé en qué momento exacto empecé a vestirme solo para complacer.
    A sonreír para no preocupar.
    A callar para evitar discusiones.
    Era madre. Era esposa. Era fuerte.
    Pero no era yo.

    Mis días giraban alrededor de Lía, de la casa, del trabajo, de todo lo demás.
    No me quejaba. Me decía a mí misma:
    “Así debe ser. Esto es lo correcto. Esto es amar.”
    Pero había noches en las que lloraba bajito, sin saber por qué.

    Me volví experta en llevar todo bien puesto.
    La casa limpia. La comida lista. La niña puntual. Las cuentas pagadas.
    Y yo…
    yo me iba perdiendo.
    Despacito.
    En silencio.
    Sin testigos.

    Mi reflejo era el de una mujer buena. Correcta. Complaciente.
    Pero por dentro…
    había una mujer que ya no se reconocía.
    Y no, no fue culpa de Gabriel.
    Ni de la maternidad.
    Fue culpa de tantas expectativas… ajenas y propias.
    De la herida vieja de sentir que debía ganarme el amor.
    De pensar que ser suficiente era hacer todo, ser todo, aguantar todo.

    Yo trataba de mantener la relación.
    Intenté rescatarla, encontrar momentos de conexión, de cercanía, de risa.
    Pero con el tiempo, lo que había entre nosotros dejó de sentirse como pareja.
    Ya ni dormíamos en el mismo cuarto.
    Ya solo compartíamos la rutina, no la vida.

    Y así, sin drama, pasó lo que tenía que pasar.

    Otra persona llegó a su vida.
    Y cuando me enteré, no sentí traición.
    Sentí claridad.
    Esa fue la señal que me faltaba.
    El punto final a una historia que venía cerrándose sola desde hacía tiempo.

    Fue entonces cuando tomé la decisión.
    Le pedí que se fuera de la casa.
    No con rabia.
    No con rencor.
    Sino con una paz que me sorprendió.

    Porque entendí que quedarme, ya no era amor.
    Y que irme, era volver a mí.

    Y aunque dolió, ese día no solo cerré una puerta.
    Empecé a abrirme a la mujer que había dejado atrás.

  • Capítulo 6: Las máscaras que aprendí a usar

    Nunca imaginé que una promesa tan pura —ser mejor por Lía— me llevaría a enfrentar con tanta fuerza lo que estaba pasando entre Gabriel y yo.
    Su llegada fue una bendición, una revolución en mis entrañas. Todo cambió. Todo.
    Y sin embargo, por dentro, yo intentaba que nada cambiara.

    El giro silencioso

    La maternidad me tomó por sorpresa. Me llenó el cuerpo de amor, pero también de dudas, de miedo, de agotamiento.
    Yo quería ser madre, mujer, pareja, fuerte, presente… todo al mismo tiempo.
    Y aunque el amor por Gabriel ya no se sentía igual, me repetía que era solo una etapa. Que el cansancio me estaba robando la sensibilidad.

    Gabriel seguía allí. Firme. Amoroso. Intentando hacerme reír. Preguntando si necesitaba algo. Y yo le respondía que sí, que no, que tal vez, que estoy bien… cuando en realidad no sabía lo que sentía.

    El esfuerzo por sostener

    Me propuse que el matrimonio funcionara.
    Empecé a cocinar nuestras comidas favoritas. A mirar a Gabriel con más atención. A buscar momentos de intimidad cuando Lía dormía.
    Quería sentir eso que sentí al principio. Y algunas veces, lo lograba. Pero otras… no.

    Había días en que su voz me parecía distante, y sus abrazos no me llenaban.
    Me sentía culpable. Mucho. Porque él no había hecho nada malo.
    Él seguía siendo el hombre bueno que un día me hizo sentir segura.
    Pero mi alma… mi alma se estaba moviendo en otra dirección. Y yo no sabía cómo regresarla.

    Una promesa silenciosa

    Un día, mientras Lía dormía sobre mi pecho, le dije en silencio:
    “Te prometo que haré todo lo posible por mantenernos unidos.”

    Y lo hice.
    Fui a terapias, leí libros, escribí cartas que nunca entregué.
    Pero no quería rendirme. No aún.

    Porque aunque el amor ya no era pasión, ni deseo, ni locura… aún quedaba ternura, respeto y gratitud.
    Y yo quería creer que eso también podía sostener un matrimonio.

    No me rendí de inmediato.
    Intenté, luché, recé.
    No por costumbre, sino por amor.
    Porque cuando una mujer ha sido herida, a veces lo más valiente no es soltar, sino intentar una vez más.

    Lo que no sabía… era cuánto me estaba olvidando de mí en el proceso.🦋

  • Capítulo 5: Mientras yo esperaba… yo crecía

    Él estuvo en mi vida cuatro años antes de que nos casáramos. Fue mi primer refugio después del caos. Me trataba bien, me hacía reír. Después del abuso, su presencia era como un bálsamo, como un lugar seguro donde por fin podía respirar.

    Pensé que estaba enamorada, y pensé que eso era la vida — siguiendo una rutina y avanzando día a día.

    Cuando mis padres propusieron el matrimonio, yo ya estaba cansada. De luchar, de dudar, de sobrevivir. Pensé: “Tal vez esto es lo que me toca. Alguien que no me haga daño ya es una bendición.”

    Así acepté. Me casé por alivio.

    Los primeros años fueron lo que yo consideraba felicidad, Un hombre bueno, me hacia sentir bien Y pronto, una hija.

    Y entonces… ella llegó.
    Mi hija. Mi mundo.
    Lo más hermoso que me ha pasado.
    La única certeza en medio de mis dudas.
    Su llegada me transformó de una forma que no sabía posible.
    Ella me miraba como si yo fuera su universo.
    Y yo trataba de parecerlo.
    Pero por dentro… no sabía quién era.

    Yo tenía sueños. Muchos.
    Pero no sabía cómo hacerlos realidad sin romper todo lo que me sostenía.
    Mi rutina era trabajar.
    Trabajar para que nada faltara.
    Trabajar para no pensar.
    Trabajar para darle todo a ella.

    Y en medio de esa rutina…
    algo dentro de mí empezó a moverse.
    No era rebeldía.
    Era despertar.

    No lo entendía, pero lo sentía.
    Una incomodidad. Una voz bajita. Una necesidad de más.

    No lo sabía entonces…
    pero en la espera,
    en el silencio,
    yo estaba creciendo.

    Muy lento. Muy callado. Muy profundo.

    Y esa semilla que se sembró entre jornadas largas, abrazos de madre y noches silenciosas,
    iba a florecer un día.

    Porque la mujer que se había silenciado para sobrevivir,
    ya no quería sobrevivir más…
    quería vivir.

    Y entre tanto silencio, empecé a escucharme… por primera vez. 🦋✨