Me Atreví sin miedo
No lo pensé demasiado.
Me ofrecieron un trabajo. Nuevo. Diferente. Reto.
Y dije que sí.
¿Miedo? Claro.
¿Dudas? Todas.
¿Ganas? También.
Pero esta vez, me atreví sin miedo.
Ya no estaba en la versión de mí que dudaba de todo.
No me escondí detrás del “déjame pensarlo”.
No esperé a que todo estuviera perfecto.
Esta vez, salté.
El primer día me levanté antes de que sonara la alarma.
Betto me miró desde su cama como diciendo: ¿Y esta energía?
Me miré al espejo y me dije:
“No tienes todo resuelto, pero tienes lo esencial: valor.”
Ese trabajo traía algo más que un nuevo horario.
Traía un salario que me daba seguridad, me devolvía la dignidad.
Por primera vez en mucho tiempo, me sentí fuerte económicamente.
No porque alguien me sostenía, sino porque yo estaba aprendiendo a sostenerme sola.
Y no solo era por mí.
Era por ella.
Por mi hija.
Tenía una hija que dependía de mí.
Y aunque a veces el miedo me visitaba, no me podía permitir quedarme paralizada.
Ella merecía ver a una madre que se levantaba.
Una mujer que caía, sí, pero que seguía adelante.
El trabajo era exigente.
Todo era nuevo: las tareas, las personas, los códigos.
Pero en medio del caos, estaba reencontrándome con partes de mí que había olvidado.
La que resuelve.
La que crea.
La que brilla sin pedir permiso.
A la hora del almuerzo, salí a respirar al estacionamiento.
Cerré los ojos.
Me vi a mí misma meses atrás, perdida, rota.
Y ahora…
Me vi ahí: viva, decidida, valiente.
Ese día volví a casa cansada, pero diferente.
Sabía que no era solo un empleo.
Era un portal.
Una señal.
Un antes y un después.
Me atreví sin miedo.
Porque aunque muchas veces me temblaban las piernas,
tenía algo más fuerte que el miedo:
las ganas de vivir, de reconstruirme, de mostrarle a mi hija que sí se puede.

Leave a comment