La paz que tenía ahora no llegó de la noche a la mañana.
Antes de aprender a vivir conmigo misma, tuve que tomar una de las decisiones más difíciles de mi vida. No fue un impulso, ni una reacción de enojo. Fue un proceso silencioso, lento, que me fue preparando para ese día en el que, por fin, supe que ya no podía seguir.

Capítulo 9 – Cuando la costumbre no es amor🦋


Yo tenía miedo de dejarlo.
No era un miedo que se pudiera ver, pero vivía conmigo. No temía a la soledad, temía a la pregunta que me perseguía cada noche: ¿y si no puedo sola?
Durante años me había acostumbrado a su presencia. No a su amor —porque eso hacía tiempo que se había apagado—, sino a esa rutina de escuchar sus pasos, compartir la mesa, sentir que había otra respiración en la casa. Era un ruido de fondo al que, sin querer, me había aferrado.

Pero un día algo cambió. Me enteré de que estaba saliendo con otra mujer. No lo viví como un engaño, porque entre nosotros hacía tiempo que no había nada. No había caricias, no había conversaciones profundas, no había “nosotros”. Lo que me dolió no fue eso… fue la falta de consideración. Seguía viviendo bajo mi techo, usando mi espacio, y al mismo tiempo construyendo otra vida sin pensar que yo merecía claridad y respeto.

No fue celos, no fue rabia. Fue como si encendieran la luz en una habitación que llevaba años en penumbra. Y en esa luz, vi lo que llevaba negando: que yo ya no quería estar ahí.

Ese día, sin levantar la voz, le dije que era hora de irse. Y por primera vez, no dudé. No hubo lágrimas ni súplicas. Solo la certeza de que había llegado el momento.

Los primeros días fueron extraños. El silencio de la casa era más intenso, pero también más limpio. Cada rincón me recordaba que había sido ocupado por su presencia, pero poco a poco empecé a llenarlo con la mía. Compré flores para la mesa. Cociné solo para mí. Abrí las ventanas y dejé que el aire nuevo barriera lo que quedaba.

Mientras tanto, seguía siendo mamá. Mantenía la casa, cuidaba de mi hija, me aseguraba de que nada le faltara. El miedo era mío, la carga también… pero ella merecía una madre en paz.

Pagué las cuentas sola. Organicé mi tiempo a mi manera. Descubrí que me gustaba vivir conmigo, y que la paz que sentía ahora no tenía precio.

No me fui por egoísmo. Me fui por honestidad. Porque quedarme hubiera sido cómodo… pero irme fue valiente. Y hoy sé que puedo sola.
Y que sola, también soy feliz.

Posted in

Leave a comment