Capítulo 10 – Soy libre, ¿y ahora qué?
Despertar sola no fue un castigo, fue un regalo. Por primera vez en muchos años, abría los ojos y sentía que la vida era mía. El silencio de la casa ya no me asustaba; al contrario, me daba fuerza. Caminaba descalza por los pasillos, ponía música, cocinaba solo para mí… y en cada gesto cotidiano había un triunfo.
Yo creía que ya lo había logrado. Que al decir adiós y quedarme sola, había vencido todos mis miedos. Me miraba al espejo y me repetía: “Lo lograste. Puedes con todo.” Y lo sentía real. Era como si me hubiera quitado cadenas invisibles y, por fin, pudiera respirar sin permiso.
Pero la verdad es que esa libertad era apenas una ilusión. Hoy lo sé: lo que yo llamaba empoderamiento todavía tenía grietas. Porque aunque me sentía fuerte, todavía cargaba con dolores viejos, con preguntas sin respuesta y con vacíos que no sabía reconocer.
En ese momento yo no lo entendía. Creía que ser independiente era suficiente. Que pagar mis cuentas sola, organizar mi tiempo a mi manera y llenar mis días con lo que yo quisiera era lo mismo que amarme. Pero no. La independencia no siempre significa amor propio.
Lo digo ahora, desde la voz del presente: aquella mujer que celebraba su nueva vida todavía no sabía amar(se). Y fue esa falta de amor propio la que, más adelante, me llevó a equivocarme. Abrí puertas que no debía abrir y dejé entrar historias que aún me dolían por dentro.
Lo único que sí descubrí entonces fue una nueva forma de hablarme: escribiendo. Después de tantos años de silencio en mi matrimonio, me encontré con mis propias palabras. Empecé a escribir para mí, y sin darme cuenta, empecé a escribir también para otros.
Fue el inicio de algo que marcaría mi vida de una manera que en ese momento no podía imaginar.

Leave a comment