Capítulo 11 – El comienzo de mi ausencia 🌑
Lo más irónico fue cómo empezó todo. La chispa entre nosotros se encendió cuando yo todavía estaba casada y él era libre. Entonces parecía imposible, un deseo guardado en miradas, una ilusión que se escondía entre lo prohibido.
Después la vida cambió los papeles. Cuando finalmente me divorcié y pensé que, tal vez, podía darle espacio a un nuevo comienzo, él ya no era el mismo. Había elegido otro camino, otra vida. Ahora era él quien estaba casado. Y así fue como nuestra historia se convirtió en un juego de aeropuertos, encuentros a medias, viajes que parecían robados al tiempo.
Yo acepté esa situación, sin cuestionar, sin pedir más. Era como si me bastara con las sobras de lo que podía darme. Y en silencio me convencía de que eso era suficiente, de que también me complacían. Pero dentro de mí sabía que estaba cediendo una vez más, dejando que mi voz se apagara.
La ilusión fue intensa, sí. Me hizo sentir viva, me devolvió las mariposas en el estómago. Pero también fue la primera vez que entendí —aunque no lo reconocí en aquel momento— que mi miedo a perder a alguien era más fuerte que mi deseo de ser fiel a lo que yo quería.
Con Gabriel entendí —aunque lo ignoré en ese momento— que mi silencio tenía un precio. Callar por miedo, aceptar migajas, creer que la ilusión bastaba… todo eso me acompañó mucho más tiempo del que hubiera querido. Él fue solo el inicio de un patrón: amores a medias, voces apagadas, deseos guardados. Una ilusión que me mostró la verdad que tardé años en reconocer: no se puede construir amor si me abandono a mí misma.

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