Al principio no lo cuestioné.

No lo analicé.

No lo llevé a ningún lugar profundo en mi mente.

Solo lo sentí.

Y eso…

eso fue suficiente para quedarme.

Porque aunque sabía que no estaba completamente disponible,

había algo en él que se sentía… cercano.

Presente.

Atento.

Fácil.

Y después de tanto ruido en otras historias,

esa facilidad se sentía como un descanso.

No me prometía nada.

No me hablaba de futuro.

No me confundía con palabras bonitas.

Pero estaba.

Y a veces… eso basta para empezar a involucrarse más de lo que una admite.

Yo me decía que estaba bien.

Que no esperaba nada.

Que lo tenía bajo control.

Pero en el fondo…

empezaba a esperar pequeños detalles.

Verlo.

Coincidir.

Esa mirada que ya no era casual.

Ese saludo que ya tenía intención.

Y sin darme cuenta,

empecé a entrar en una historia que no tenía espacio real para mí.

Pero no lo veía así.

Lo justificaba.

“Está separado.”

“No es lo mismo.”

“No estamos haciendo nada malo.”

Me repetía eso…

mientras ignoraba lo único que sí era verdad:

no estaba completamente libre.

Y yo tampoco.

Porque aunque por fuera me sentía fuerte,

había una parte de mí que todavía buscaba validación en lo que alguien más me hacía sentir.

Y él…

sin saberlo, me la daba.

No era amor.

No era algo serio.

Pero empezaba a ocupar un lugar.

Un lugar incómodo…

porque no tenía nombre,

ni dirección,

ni posibilidad real de crecer.

Y aún así…

me quedé un poco más.

Un poco más de lo que debía.

Un poco más de lo que me convenía.

Un poco más de lo que después iba a entender.

Pero en ese momento…

yo no estaba viendo.

Estaba sintiendo.

Y a veces, cuando una solo siente…

se pierde

Posted in

Leave a comment