Al principio, era solo una sensación.
Algo no estaba bien, pero nadie lo decía. Nadie lo veía.
Y ella… era solo una niña.
Una niña con risa fácil y un corazón enorme. Le gustaba bailar, hacer preguntas, correr descalza.
Pero un día, todo eso se apagó un poco. No fue de golpe. Fue como una sombra que se cuela sin pedir permiso.
Aprendió rápido lo que no debía decir.
Lo que no debía sentir.
Lo que no debía ser.
Se volvió experta en detectar silencios incómodos, en leer miradas, en anticipar reacciones para evitar problemas.
Era la niña que no interrumpía, que no preguntaba, que no molestaba.
Y cada vez que quería gritar lo que pasaba, una voz interna susurraba:
“No hagas ruido. Nadie te va a creer.”
Así empezó a vivir hacia afuera: obediente, risueña, adaptable.
Pero por dentro… se estaba partiendo.
Los años pasaron, y esa niña creció.
Se volvió buena para fingir.
Para cuidar a todos.
Para no ocupar espacio.
Y aunque parecía fuerte, seguía esperando que alguien —solo uno— la viera de verdad.
Que alguien supiera mirar más allá de su sonrisa.
Un día, alguien lo hizo.
Tenía 14 años.
Y por primera vez… creyó que eso era amor.
🦋
Mariposa Valiente
Porque muchas veces el corazón no se rompe de golpe. Se agrieta en silencio… hasta que alguien llega y empuja lo que ya estaba a punto de caer.

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