🌸 Capítulo 7: La mujer que se quedó atrás
No sé cuándo dejé de verme en el espejo.
No sé en qué momento exacto empecé a vestirme solo para complacer.
A sonreír para no preocupar.
A callar para evitar discusiones.
Era madre. Era esposa. Era fuerte.
Pero no era yo.
Mis días giraban alrededor de Lía, de la casa, del trabajo, de todo lo demás.
No me quejaba. Me decía a mí misma:
“Así debe ser. Esto es lo correcto. Esto es amar.”
Pero había noches en las que lloraba bajito, sin saber por qué.
Me volví experta en llevar todo bien puesto.
La casa limpia. La comida lista. La niña puntual. Las cuentas pagadas.
Y yo…
yo me iba perdiendo.
Despacito.
En silencio.
Sin testigos.
Mi reflejo era el de una mujer buena. Correcta. Complaciente.
Pero por dentro…
había una mujer que ya no se reconocía.
Y no, no fue culpa de Gabriel.
Ni de la maternidad.
Fue culpa de tantas expectativas… ajenas y propias.
De la herida vieja de sentir que debía ganarme el amor.
De pensar que ser suficiente era hacer todo, ser todo, aguantar todo.
Yo trataba de mantener la relación.
Intenté rescatarla, encontrar momentos de conexión, de cercanía, de risa.
Pero con el tiempo, lo que había entre nosotros dejó de sentirse como pareja.
Ya ni dormíamos en el mismo cuarto.
Ya solo compartíamos la rutina, no la vida.
Y así, sin drama, pasó lo que tenía que pasar.
Otra persona llegó a su vida.
Y cuando me enteré, no sentí traición.
Sentí claridad.
Esa fue la señal que me faltaba.
El punto final a una historia que venía cerrándose sola desde hacía tiempo.
Fue entonces cuando tomé la decisión.
Le pedí que se fuera de la casa.
No con rabia.
No con rencor.
Sino con una paz que me sorprendió.
Porque entendí que quedarme, ya no era amor.
Y que irme, era volver a mí.
Y aunque dolió, ese día no solo cerré una puerta.
Empecé a abrirme a la mujer que había dejado atrás.

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